"EN EL TEMPLO DE DIANA"
Ahora que los días de visita a esta maravillosa ciudad de Mérida llegan a su fin para mí, y ante el fastidioso augurio de mi partida, no he dejar que mi estancia termine sin ofrecer una ofrenda a la venerada Diana en su rico templo emeritense.

Ante su fastuosa presencia no puedo dejar de recordar el legado de mis antepasados por el que conozco que en primitivas épocas cualquier lugar natural servía a aquellos agrestes romanos para adorar a sus dioses. Hoy me encuentro ante la entrada del templo, inviolable morada de la diosa Diana, y soy recibido por el sacerdote encargado de su culto (flamen) al pie del altar donde será ofrecido mi sacrificio a la diosa, pues sólo el sacerdote tiene acceso al interior del mismo, reducido espacio en el que únicamente se encuentra la estatua de la diosa, al pie de la cual, después, el sacerdote depositará mis ofrendas.
Mientras el sacerdote pronuncia,
con cuidado de no equivocarse, pues en ese caso sería de mal augurio, las
plegarias en mi nombre, no puedo dejar de contemplar la magnificencia del templo
que se encuentra emplazado sobre un alto basamento (podium). Puede verse que es
de planta rectangular y que sólo tiene columnas en su parte delantera. Ello me
hace recordar el gran templo dedicado a la madre Vesta, que es singularmente
circular, con columnas alrededor y una abertura en el techo para dejar pasar el
humo que produce el sagrado fuego que constantemente arde en su altar y que
cuidan, con admirable empeño, las Vestales, sacrificadas sacerdotisas
comprometidas por un sagrado voto de castidad. ¡Cuántas veces he podido
admirarlo en mis paseos por el Foro de Roma! Allí mismo se encuentra el templo
de Saturno, hoy convertido en sede del Tesoro Público, y, muy cerca de él el
templo de Jano, cuyas puertas sólo se cierran en época de paz, cuentan los
ancianos que ello sólo ocurrió antes de Augusto tres veces, y en el Capitolio el
más importante templo del mundo conocido, el dedicado a la tríada Capitolina:
Júpiter, ante cuya estatua se agolpan las ofrendas de los generales
triunfadores, Juno y Minerva.
Me sacan de mi ensueño las últimas palabras del sacerdote con su plegaria. Acto seguido, yo mismo me dispongo a hacer una libación de vino e incienso y el sacerdote dedicado a ello (victimarius) se apresta a degollar el carnero (victima) que he ofrecido a la diosa. Hecho el sacrificium, reparto la carne entre los amigos que me acompañan y el sacerdote de la diosa manda llevar las entrañas a los haruspices para que mediante ellas interpreten la voluntad de los dioses. Hasta que vuelvan con el resultado, no hago sino ahogarme en un mar de inquietudes, aunque el día escogido era fasto y no parece que los dioses hayan mostrado su disconformidad mediante ningún fenómeno insólito. Ya me he ocupado, antes de venir, de consultar con los augures el vuelo de las aves.
Por fin me comunican que las observaciones de los haruspices han sido favorables
y, tras dar las gracias a la diosa Diana, volvemos todos a casa para comer la
carne de la víctima sacrificada en un banquete que he mandado disponer al efecto
y que será la despedida de los amigos que con tanto calor me han recibido y que
tan buenos momentos me han dispensado en ésta que querría hubiera sido más
amplia visita a Mérida, pero mi viaje por estas acogedoras tierras de Hispania
ha de continuar y de aquí a dos días mi partida hacía Itálica será un hecho.
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Tras ser arrojado el cielo, Saturno se refugia en Italia, donde lo acoge hospitalariamente Jano, rey de los latinos. En agradecimiento, Saturno concedió al rey del Lacio el don de poder ver el pasado y el porvenir. De ahí el doble rostro con el que se representa. El primer mes del año le debe su nombre, de Ianus, Ianuarius > Enero (en latín ianua = puerta) |

